12.2.17

Esencia

Se levantó temprano y, sin llevarse nada a la boca, salió a la calle con el grueso pijama que le regalaron por su cumpleaños dos semanas atrás. Se había despertado con mucha hambre, pero no una cualquiera; le apetecía uno de esos deliciosos dulces pecados que se derriten en la boca al morderlos, produciendo un orgásmico placer al sentir en el paladar el sabor y la textura del chocolate con leche expandiéndose.

En la calle hacía frío, una temperatura completamente normal para el tercer día del año. Por suerte, no había que caminar demasiado para llegar al horno ya que este estaba justo enfrente de su portal. Cruzó la calle con un pensamiento que babeaba por un donut y, al contrario, con una boca que escupía insultos y maldecía tener un local cerca cuyo escaparate era el centro de tantas tentaciones y el causante de que muchas promesas de adelgazar estuviesen rotas.

 –¡Buenos días! –dijo enérgicamente el dependiente nada más verle cruzar el umbral de la puerta haciendo, como es típico, que sonasen unas metálicas campanitas.

 –Buenos días  –saludó este quitándose las legañas de los ojos –. A ver que hay…  –inclinó el tronco superior de su cuerpo hacia delante para echarle mejor ojo al conjunto de bollería que había en el mostrador.

 –Los donuts están recién hechos y Lorena está ahora mismo haciendo los croissants rellenos de chocolate –pareció excusarse, el hornero.

 –No me voy a complicar, Toni, una napolitana… –respondió, sacando del bolsillo unas cuantas monedas – ¿Un euro y veinte eran, no?

–El hombre es un animal de costumbres, Guillermo –se agachó con una bolsa en una mano y unas grandes pinzas, cuyos bordes contenían lo que parecían ser restos de otros productos, en la otra –. Sí, es un euro y veinte céntimos.

Guillem pagó con el dinero justo, cogiendo al mismo tiempo la bolsa sujetada por el currante, y salió al exterior despidiéndose con un modesto gesto con el brazo que tenía libre. Atravesó la calle, de nuevo, en dirección contraria, para meterse de nuevo en el portal de su casa. Llamó al ascensor del cual, una vez llegar a la planta baja, salieron un par de vecinas con quienes intercambió un buenos días desinteresado. Apretó el octavo y empezó a subir.


Cerró la puerta de su apartamento, dejando tras de sí otra historia más que conforma la cotidianidad  que, en apenas unos días, ni tan siquiera recordará. Dejó la bolsa con la napolitana en la mesa de la cocina y preparó un café. Tras unos minutos, en los que un ruido peculiar (cuanto menos) indicaba que ya era hora de retirar la cafetera del fuego. Vertió el líquido sobre un vaso lleno de leche tibia. Cogiéndolo, se volteó y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa. Dio un sorbo y, después, sacó la napolitana dándole un mordisco. ¡Qué bien sienta el pecado!, pensó.

Allí estaba él, frente una casa nueva, avasallado de muebles nuevos, de objetos recién comprados… Una casa que le era desconocida, fría, con la que no compartía anécdotas y recuerdos, un hogar que no le abrigaba el calor que suelen dar las cuatro paredes en las que te has criado. Un cambio brusco, un entorno hostil… La señal del paso del tiempo, del final de una adolescencia que jamás volverá; una juventud, una etapa entera de la vida que, si bien todavía no se ha apagado en él, va poco a poco extinguiéndose.

Recordaba el pueblo, el cual seguía visitando de vez en cuando, y la opresión en el pecho que le daba el pasear entre sus calles. Observaba la vida que en ellas se generaba como si fuesen las mismas que hacía apenas unos años, como si nada hubiese cambiado. Pero, en el fondo, nada era como antes. Aunque todo parecía permanecer en su sitió, aunque su corazón pretendiera creer lo contrario. Pese a no ser la existencia más feliz, le llenó de buenos y alegres momentos de los que sólo quedan imágenes y amistades oxidadas. Un corazón que batalla con la razón, que pretende aceptar la realidad. Ni Guillermo ni yo sabemos bien qué causa tal aflicción.


Él sonreía mientras sus labios besaban el borde del vaso. Por lo menos le quedaba el café, molido, empaquetado y producido por una fábrica de su pueblo. Un aroma que todas las mañanas le embriagaba en un aroma de recuerdos que, pese a dejar en él un sentimiento triste, daban calma a la tormenta que se daba en su pecho.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado el relato :), me he sentido un tanto identificida...

    ¡Un saludín ^^!

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  2. Buena reseña.

    Tengo un blog por si quieres pasarte :)

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