27.12.16

Luna

La penumbra invade la calle
una vez se retira el sol,
abatido en el fragor del combate
que pugna diariamente
contra un tiempo, cuyo avance,
marchita la vida a contrarreloj.
Sale la luna en su relevo
y con ella, yo también salgo
Pues nos toleramos mutuamente
Y en silencio, solos, conversamos
entre la arboleda de hormigón
o a través de la oscura sombra de un árbol
proyectada sobre el iluminado asfalto
por la tenue luz, que refleja la Luna,
del débil sol que a duras penas vive
más allá del ocaso.
Paseo por el barrio sin rumbo;
paso a paso, paso a paso.
Noto el frío como un manto
o como un ser gélido en busca de calor,
De un cálido cuerpo humano
en el que refugiarse de sí mismo.
Paso a paso, paso a paso
Danzo ebrio por el vacío escenario
Rememorando breves momentos
y esporádicas imágenes…, tuyas.
Me sabe todo tan poco,
y mi propio sabor es tan pobre.
Tan patético y melancólico.
Tan apático en apariencia.
Divago una y otra vez sobre lo mismo
Sobre la misma falsa idea
Mientras unos ojos felinos observan,
con curiosidad y recelo,
la presunta filosofía de un humano
presente en este su esperpento
cíclico, que lo condena a la locura.
Esos ojos atigrados son los tuyos
Lo presiento aunque escondas tu fisonomía
entre el azabache espacio y tiempo,
Para pasar desapercibida entre el caótico sueño
de un soñador que no consigue despertar
Escapar del mundo hueco, sucio y negro
Del que continuamente se ve rodeado,
avasallado por peligros y temores;
paranoico de espejismos y falsos soles
que luego conforman callejones cerrados
sobrecargados de odio y frustraciones.
Quizá quepa la posibilidad que no seas un personaje pasivo,
sino también la salida de mi propio laberinto,
la tenue luz blanca que ilumina el camino
hacía un rincón dónde mi autoestima no desee morir sola.
Dónde no sea yo mismo quien me destruya.
¡Oh, pero qué digo, tú debes ser la luna!



19.12.16

Costumbres

Hace apenas una hora abrí la puerta del portal de mi casa con la total normalidad del mundo. Unos simples movimientos, nada más. Primero, muevo el brazo con la confianza de encontrar las llaves en el bolsillo –dónde las dejé al salir hacia la universidad–; segundo, cojo estas y encaro sólo una hacia la cerradura y la meto. Girar la llave –y con ello, encaja de forma perfecta en el hueco espacio hecho a medida– es el último paso de este ciclo que realizo a diario. Que realizamos todos y cada uno de los días.

Subí una rampa dentro de los límites de velocidad de las personas que no tienen prisa. Ni lento, ni rápido. Hasta llegar al extremo del recibidor, nada más tener frente a mí la puerta del ascensor, lo llamé en un acto inconsciente. Allí estaba yo. Rodeado de un mármol grisáceo que componía las paredes de un edificio relativamente novedoso para mí.


Aun así, mientras esperaba al ascensor –un minuto real, como mucho, tampoco es que fuese gran cosa– en mi estómago empezó a formarse la sensación de complacencia y bienestar típica que suele venirnos cuando nuestro organismo –más inteligente de lo que pensamos– advierte que estamos cerca de la calidez y comodidad hogareña, de nuestro espacio para la privacidad. Esta sensación circulaba descontrolada por mi cuerpo, ascendiendo hacia la garganta y descendiendo hasta el rincón de mis dedos.


Fue una gran sorpresa. No la sensación pues esta la llevo conociendo desde que tengo uso de razón. Me sorprendió el hecho en sí mismo, después de cavilar horas sobre qué tan diferente es mi vida ahora. Lejos de la ciudad que me vio crecer y en la cual conservo la mayoría de recuerdos de la infancia y adolescencia que, para bien o para mal, se rememoran con cierto romanticismo. Veía con ilusión lo nuevo, aunque con hostilidad el constante interrogante que conlleva el futuro. Pensé que no me podría adaptar. Me venían pequeñas piezas del rompecabezas, que es mi humilde vida, disparadas a bocajarro hacia mi cerebro. Noche tras noche me saturan, noche tras noche reaparecen como tortuosas pesadillas que me mantienen despierto. Despierto y alerta, la vida me golpeó desprevenido cuando tenía la guardia baja, cuando pensaba que la adolescencia sería perpetua.














7.12.16

Un "te quiero follar" escondido entre el lenguaje

Noto el cálido contacto de tu cuerpo 
con la insensibilidad de mi rudo tacto
sensación que luz y vida trasmite a este espíritu yermo
empobrecido de sentimiento y sobrecargado de llanto.

Siento en mi interior un sin fin de excitantes sensaciones
y escucho atentamente cómo de ellas florece,
ese elemento punzante que, imparable, se expande.
Yo no soy más que el recipiente inoportuno del deseo más humano
 de todo físico -carnal y bruto- compuesto. Poco abstracto.

Este deseo es el que me empuja a llegar más lejos
y cada vez me obligo a tener más auto-control
porque, esto nuevo quizá un día pueda estallar
y salir gritando, libertino e impulsivo, fuera de control;
libre del ya no tan férreo yugo forjado por la razón.

Y para basarse en la perentoria vida material,
es la ingrata imaginación su mayor sustento
es la idea la que otorga de fuerza y fuego a mi sueño
abrasando a un servidor, un soñador desfallecido
que, por falta de coraje y energía,
a duras penas puede soltar un leve y resignado suspiro
dejando suelta la tentación que día a día lo corrompe.

Aun en precario estado, de mi ingenuo cerebro brota
la dulce posibilidad de explorar cada rincón
de tu cuerpo sólido e imperfecto cuya presencia
deja mi vena artística en mil pedazos,
en mil sucios pedazos..., rota.

De tu cuerpo sólido e imperfecto cuya próxima presencia
hace subir la temperatura y con ella,
cada una de mis letras, cada uno de estos versos,
hervidos por el calor ascienden como el vapor
perdiéndose en la para mí inalcanzable altura.

Entre estas líneas, tal vez sólo cace fantasmas
y cree falsas expectativas con pies de gigante
y cree la frustración sexual que aqueja mi alma.
Entonces, la última alternativa para mí será el Soma
una dosis diaria bastará para calmar mis penurias
y, como Aldous Huxley en mil novecientos treinta y uno,
veré el patético teatro que es el mundo como Un Mundo Feliz.